Su Perfume

 

Entré en la plaza, era muy grande. Cuadrada.

Perimetrada con soportales de arcadas de herradura que protegían los cuatro puntos

cardinales de un sol de justicia.

En el centro una fuente de limpias aguas, de la que partían cuatro canalillos dirigiéndose a los cuatro puntos cardinales.

 

Observaba el transcurrir de la gente sumidos en sus propias sombras, algunos con bestias cargadas ;otros escondidos bajo de sus chilabas.

 

A lo lejos de la plaza se perciben azoteas escalonadas, sinuosas calles estrechas, que azulean su blancula de cales. Empedrado desigual de guijarros de cantos rodados

machacados por las ruedas de los carros tirados por asnos o mulas.

Muy al fondo la línea del mar con su abrazo azul con el cielo.

 

En cada cuadrante que la fuente parcela con sus canalillos, crecen los naranjos alineados. Debajo de las arcadas y protegidos del sol, los puestos

y tenderetes del mercadillo.

 

El olor de azahar se mezcla con el de azafrán, el sésamo o el orégano.

Todo fluye en armonía

A pesar del calor la plaza es un hervidero de mujeres, hombres y de niños corriendo

 

En la esquina sur entre sombras de buganvillas que se mecen a la brisa más suave. Bajo la sombra de la  buganvilla se arremolinan personas en un riguroso silencio. Sentado sobre una piedra a manera de bancada, un anciano de ojos negros e incisivos, con la facilidad que dan los años de oficio palpa el pecho y la barriga a un joven que tumbado en el suelo bocarriba, mantiene sus ojos en blanco. La barriga del joven suena como una sandía madura bajo las manos del curandero

 

Un tableteado de herraduras irrumpe en la plaza. No menos de veiticuatro jinetes nubios, montados sobre jacos negro azabache, entran en dos filas.

 

Soy el único occidental, y aún con chilaba mi tez me puede delatar. Busco la sombra protectora

de una de las columnas.

 

Turbantes carmesí, largas túnicas blancas, sobre trajes de cota de malla negra. Calzan sandalias de trenzadas correas . En el costado el largo y curvado alfanje envainado entre cueros y dorados metales, meciéndose al ritmo del sus cabalgaduras.

Brillan las armas, brillan sus yelmos de aguerridos Köktürks , los temidos guerreros turcos.

Se alejan, y aún asi en la lejanía el filo de sus armas y las patas de los animales hacen sentir su fuerza latente  y su fiereza.

 

Es justo el momento de más bullicio, cuando desde el minarete, el almoacin llama a la oración.

Todos se vuelven hacia la Meca y genuflexos bajan su mirada al suelo.

 

En ese momento siento una brisa que me hiela la sangre.

Me giro y veo la joven más hermosa que recuerda mi mente.

Estoy en su trayectoria. Sólo yo puedo verla al mantenerme de pie y  mirándola.

Los ojos , esos ojos que ya nunca olvidaré se clavan en los míos.

La sonrio

Cuando llega a un paso de mí, detiene su caminar.

Sopla sobre mis labios, su aliento es dulce y cálido

Tiendo mi mano para coger la suya

Mi mano transpasa su cuerpo

Prosigue su andar y en su caminar, atraviesa limpiamente  mi cuerpo

Me impregno de ella

En una fracción de segundo tengo vivencias se días, de años, de siglos junto a ella.

 

Caigo al suelo incapaz de sostenerme

Desde alli veo cómo la joven atraviesa los muros de la casona cercana.

Luego:

Nadie puede decirme nada sobre la joven cuando pregunto

 

Hoy mientras regresaba de trabajar, sentí esa misma brisa cálida y perfumada

que ella emanaba en el encuentro de la plaza

Ella me dió todo; pero vació para siempre mi espíritu, ya ninguna sensación sensitiva

tiene sentido para mí, sólo me queda esperar que ella me encuentre...de nuevo

 

 

Comentarios

Me ha encantado la descripción.
Me ha recordado cierta plaza donde un caballero con armadura y una joven se encontraron por primera vez :D
Te encontrará! Y a mi! Sí, sí, sí!
Y ya no habrá vacío!
Yujuuuuu!


Un besito


Lala


Los hombres del desierto sumergen los dedos de sus manos en la arena, tal y como les enseñaron a hacer desde tiempos remotos sus antepasados, porque ella con cada grano les va descubriendo los recovecos del destino. Hoy susurran que te encontrará...
Una duna de besotes


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